Parroquia

Toma tu cruz cada día

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febrero 15, 2016

Ofrecemos esta reflexión en este tiempo de Cuaresma y como preparación para participar en los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesús,

Jesús fue muy claro cuando sin medias tintas dijo: “Toma tu cruz cada día”. Esta fue una indicación de Jesús que debió haberles sonado inaceptable. La cruz para mucha gente significa un peso que hay que llevar en la vida: una relación difícil, un trabajo ingrato, una enfermedad física. De hecho decimos con frecuencia: “Esta es mi cruz y la tengo que llevar”, con cierto tono de resignación, de fatalidad, como que aceptas a regañadientes porque no lo puedes cambiar.

Cuando Jesús estaba “llevando su cruz” de “cada día –era un viernes- hacia el Calvario, no estaba pensando en la cruz como un peso insoportable. La gente por las calles solo veía en esa cruz un instrumento de muerte, pesado y fatal. Para Jesús esa cruz, en cambio, eras tú y yo, y cada hombre y mujer en el mundo. Jesús amaba su cruz porque aunque para él era un instrumento de dolor y muerte, para ti y para mí era un instrumento de vida. Y para Él lo que contaba ese día eras tú.

3-5La cruz cambia de significado según el corazón con que se abraza. Duele, ¡claro que sí! De hecho a Jesús le pesaba tanto que tuvo que ser ayudado. Pero Él nos cargaba en esa cruz y de ahí sacaba fuerzas para seguir adelante.

La diferencia eran los brazos que la abrazaban: la cruz de una madre junto al hijo enfermo, la cruz del enfermo clavado en su cama de hospital; la cruz de un padre que ve irse a su hijo y perderse. Todas esas son cruces que se abrazan por y con amor. Así era la de Jesús, y a este modo de entender la cruz se refería cuando nos dijo “Toma tu cruz cada día.”

De este tipo también fue la cruz de María quien, como dice el Concilio Vaticano II, “mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado”. Es la cruz de la madre que se abraza con entrañas mujer y madre a la cruz de su hijo; que acepta y consiente amorosamente en el sacrificio del hijo que ella había traído al mundo. Le rompió el corazón, pero ella abrazó con amor esa cruz porque su hijo colgaba en ella.

La cruz esta ahí. La puedes negar, rechazar u odiar. Te puedes rebelar contra ella, tratar inútilmente de huir de ella o sufrirla estoicamente. Jesús, en cambio, nos pide aceptarla, abrazarla y llevarla. Hay un solo modo de poder hacerlo y transformar el rechazo instintivo en abrazo amoroso. Darle un sentido: sufrir por amor.

La cruz de Jesús fue extremadamente pesada. Tanto es así que al final incluso llegó a pedirle a su Padre que se la ahorrara: “Padre, si es posible….”.

Por eso, lo primero que tenemos que aceptar es que la cruz duele. El amor no le quita el aguijón de ser causa de sufrimiento. La expresión “esta cruz me la mandó Dios”, solo sería válida si la tomamos en el sentido de que Dios la permitió en mi vida para el bien de mi alma, pero nunca como un Padre que arbitrariamente decide hacer sufrir a sus hijos.

“Toma tu cruz cada día” es una invitación a abrazar con amor todo sinsabor, dolor, incomodidad, pena con amor: cada una de esas espinas en jardín de un día de vida te da la oportunidad de ofrecerlo con amor por la salvación del mundo; de unirte a la cruz redentora de Jesús en el Calvario; de purificarte de los pequeños o grandes egoísmos para abrirte al hermano y, a pesar, del propio dolor, convertirte en su Cireneo.

Recordemos que el dolor, el sufrimiento y todo es mundo de experiencias y situaciones que podemos concentrar en la palabra “cruz” es un misterio que muchas veces abrazamos sin entender, pero que Jesús escogió como medio para salvar a la humanidad. Nunca como entonces esa cruz parda y ruda se convirtió en la expresión más brillante y bella del amor.

 

Transformar el dolor en amor

Carlo Gnocchi fundó después de la Segunda Guerra Mundial un orfanato para niños mutilados de guerra y abandonados. El principio de Fr. Gnocchi era que el sufrimiento sin un sentido era como un tesoro preciosísimo perdido. Él inventó para sus “mutilatini” (“pequeños mutilados”) un truco para sufrir en unión con Jesús. Él les dijo a esos pequeños “cristos” sufrientes cuando lloraban por el dolor: “¡Las lágrimas de ustedes deben convertirse en perlas, mis queridos ángeles! ¡Pero cómo! Prepararemos una cajita y dejaremos caer en ella perlas preciosas. Cuando alguno de ustedes deba ir al hospital para una operación, o tenga que dejarse injertar un miembro artificial, o jalárselo para quitarlo…. Ese dolor no debe desperdiciarse: hay que ofrecérselo al Señor sin llorar, sin gritar. Cuando alguno de ustedes lo logre con valentía pensando en Jesús Crucificado que sufrió más que cualquier hombre, o aguante una operación sin lamentarse, tendrá derecho a poner en la cajita una perlita”. Fr. Gnocchi les daba perlitas de cristal por cada dolor aguantado sin llorar por Jesús. “¿Y luego qué?” le preguntaron los “mutilatini”. “Luego, dentro de un año, contaremos las perlas –¡y habrá tantas!- se las llevaremos a un orfebre para que haga con ellas nuestro distintivo y se llevaremos al Papa, como signo de nuestro sufrimiento aceptado con amor”.

Era el año 1950 cuando los mutilatini le llevaron su regalo al Papa Pio XII hecho con los dolores de esos pequeños, aguantados por amor a Jesús. El Papa no pudo contener las lágrimas.

  • El padre Jorge Rodíguez es Párroco de Holy Cross en Thornton, PHD en teología y profesor del seminario Saint John Maria Vianney de Denver.
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