País y Mundo

Pentecostés y la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas

Ilustración de Ivan Protsiv. Adobe Stock..

mayo 13, 2016

“El viento sopla donde quiere y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede al que ha nacido del Espíritu” (Jn 3,8).

Cristo ya había anunciado a sus discípulos la llegada del Espíritu Santo Paráclito. “Yo rogaré al Padre y les dará otro intercesor que permanecerá siempre con ustedes. Este es el Espíritu de Verdad que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes saben que el permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17)

Cincuenta días después de la Pascua, el domingo de Pentecostés, el Espíritu se apodera del cenáculo, un viento huracanado sopla en torno, aparecen unas lenguas como de fuego y los Apóstoles fueron transformados de hombres débiles y tímidos en valientes proclamadores de la Fe; los necesitaba Cristo para difundir su Evangelio por el mundo, así como Él nos sigue necesitando para llevar el amor verdadero a nuestros semejantes.

El Espíritu Santo nos precede y es quien despierta en nosotros la Fe; viene en ayuda de nuestra debilidad y de manera especial en la oración. “…No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo hace por nosotros, con gemidos inefables” (Rom 8, 26).   El Espíritu es, pues, aquél que derrama el amor de Dios en los corazones humanos de forma sobreabundante y hace que podamos tomar parte en este amor. Su acción transformadora sigue en nuestros días afectando positivamente la faz de la tierra: es él quien guía nuestros pasos cuando decidimos adherir nuestra voluntad a la voluntad de Dios y realizar la misión apostólica que Cristo mismo comenzó con sus discípulos. Pero para que este cambio, esta revolución de amor suceda, el espíritu humano necesita tener conciencia de la filiación divina; en otras palabras, el ser humano, todos los hombres y mujeres tenemos que vivir una verdadera vida de hijos de la adopción divina.

El Espíritu Santo hace que en este mundo exista la fe, la esperanza y sobretodo el emor. ¡No te dice que algo bueno vendrá! Nos da la certeza de que lo mejor está ocurriendo en este momento. Hace, por su acción pacificadora, que tengamos paz incluso en la tormenta. Su acción liberadora y sanadora nos libra de esos dos días que tanto daño hacen al mundo actual y que nunca existirán y nunca han existido: ayer y mañana. “Pero no se acuerden más de otros tiempos, ni sueñen ya más en las cosas del pasado” (Is 43, 18).  “No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo” (Mt 6, 34). Él nos otorga la sabiduría para darnos cuenta de que lo único que tenemos es el día de hoy: “¡Este es el día que ha hecho el Señor, gocemos y alegrémonos en él!” (Sal 118, 24). ¡No tenemos más que este día! Y así tomamos conciencia de que nuestra vocación como cristianos por voluntad de Dios es estar siempre alegres, orar sin cesar y dar gracias a Dios en todo momento, tal y como lo recalca San Pablo en su Primera Carta a los Tesalonicenses, en el capítulo quinto.

En lo personal, puedo decir que desde muy pequeño, cuando mis padres y abuelos me acercaban a vivir mi Fe Católica, tengo la certeza de que el Espíritu Santo ha estado pidiendo con gemidos que no se pueden definir todo aquello que necesito y es mejor para mi vida y me ha otorgado la valentía necesaria para proclamar su Evangelio. Aún recuerdo que siendo un joven, aproximadamente a los 14 años, formaba parte de la Pastoral Juvenil en la Preparatoria Lasalle y nos íbamos cada Semana Santa a algunas de las partes más pobres de México encumbradas en la sierra de Durango para catequizar a los niños que harían su Primera Comunión el Sábado Santo. Celebrábamos una Misa de envío misionero todos los jóvenes lasallistas en un pueblo más grande y de ahí éramos repartidos a los pequeños pueblitos de la sierra. Realmente la misión de llegar hasta aquellos lugares era una labor titánica y complicada, sin embargo, nos las arreglábamos para llegar hasta allá, no importando el cansancio o las peripecias del transporte, donde esa gente esperaba la Palabra de Dios con tanta ansia. Ahora, ya casi 25 años después, analizo la situación y concluyo que sólo el Espíritu Santo era capaz de convertir a aquellos casi niños en valientes proclamadores del Evangelio de Cristo.

El soplo del Espíritu no llega sólo a sacerdotes, predicadores, misioneros y religiosas, sino a todos aquellos que de alguna manera hemos conocido la Buena Nueva de su smor: papás, hijos hermanos, amigos. Todos somos guiados por el Santo Espíritu de Dios para transformar nuestro mundo tan necesitado de amor y sigue soplando ese viento huracanado que cambia vidas, matrimonios, familias y comunidades.

No nos preocupemos por aquello que vamos a hacer o decir, más bien, estemos siempre dispuestos a dialogar con Dios a través de su Espíritu y Él nos dará la pauta para saber qué decisiones tomar para transformar nuestra vida y así cambiar nuestro mundo que clama por Él. Recordemos que el primer gran paso de su acción transformadora a través de nuestras vidas podría ser algo tan pequeño y tan sencillo como una sonrisa que salga desde dentro de nuestro corazón y afecte positivamente las vidas de aquellos que nos rodean.

Pidamos, pues, con amor y sumisión que a diario venga un nuevo Pentecostés hacia nosotros y que el Espíritu Santo nos guíe a los lugares más necesitados del amor de Cristo Jesús. Carlos

Carlos Alberto Escobedo Gaytán es integrante de la Renovación Carismática  Católica, coordinador del Movimiento Familiar Cristiano Católico, Caballero de Colón y ofrece talleres sobre evangelización y trato infantil en diferentes parroquias de la Arquidiócesis de Denver. Es feligrés de la parroquia Holy Cross en Thornton.