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¿Era necesario que Jesús se bautizara?

Foto de Robert Cheaib /Flickr Escultura "Bautismo de Jesús" de Antonio Raggi. Se encuentra en la Iglesia San Giovanni Fiorentini de Roma.

enero 08, 2016

Se celebra el 10 de enero la solemnidad del Bautismo de Jesús. En este misterio contemplamos su  primera manifestación pública como adulto. Tenía unos 30 años. Los relatos de la vida de Jesús señalan su bautismo como la inauguración de su vida pública. Además, el bautismo de Jesús es la gran teofanía o manifestación de Dios en que por primera vez se revela el misterio de la Santísima Trinidad. Las tres divinas personas se hacen sensibles:

El Hijo en la persona de Jesús; el Espíritu en forma de paloma que se posa suavemente sobre su cabeza; el Padre mediante la voz de lo alto: “Éste es mi Hijo..”. que proclama la filiación divina de Jesús y lo acredita como su Enviado. Era conveniente este testimonio, porque Jesús salía del anonimato de Nazaret y se disponía a realizar su obra de Mesías.

Entonces el comienzo de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán. Juan proclamaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos y prostitutas viene a hacerse bautizar por él. Entonces aparece Jesús. El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es “Mi Hijo amado”. Como ya dijimos, es la manifestación de Jesús como el Mesías de Israel, el Hijo de Dios.

Evidentemente Jesús no necesitaba para sí mismo el bautismo de conversión que administraba el Bautista para el perdón de los pecados. Pero, para cumplir el designio del Padre, Jesús tenía que asumir los pecados del mundo, más aún, como dice San Pablo, «hacerse pecado por nosotros» y así, como cordero de Dios, quitar el pecado del mundo en la inmolación pascual a la que le llevaría el camino emprendido en el Jordán.

El bautismo de Jesús es la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”; anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta. Viene ya a cumplir toda justicia, es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a posarse sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, se abrieron los cielos que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

Nosotros no somos bautizados con el bautismo de Juan, sino con el que inauguró Jesús y al que se refería el Bautista cuando decía: «Yo los bautizo con agua, pero el que viene detrás de mí los bautizará con Espíritu Santo y fuego». Y en nosotros, en el ámbito de la fe y de la gracia, se reproducen los prodigios del bautismo de Cristo: el Padre nos adopta como hijos y se nos da el Espíritu para que a lo largo de nuestra vida sigamos las huellas de Cristo.

Por el Bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con Él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y, como dice San Pablo, “vivir una vida nueva”

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