País y Mundo

El 11 de Septiembre y la lucha en nuestros corazones

En aniversario del atentado terrorista, Mons. Aquila reflexiona sobre la importancia de responder al odio con amor.

Foto de Jens Schott KnudsenUna vez más recordamos a todos aquellos que perdieron la vida en el atentado terrorista del 11 de Septiembre. Ante este hecho es importante reflexionar sobre la importancia de vencer al odio con el amor.

septiembre 11, 2014

“Por sus frutos los conoceréis”, dijo Jesús a la multitud que lo escuchaba hablar desde la cima de la montaña. Hoy, al recordar a todos aquellos que murieron el 11 de Septiembre de 2011, quisiera examinar los frutos que nuestros corazones han dado a partir de la elección entre el odio y el amor, así podremos ver con claridad lo que está en juego.

Dios nunca quiso que la muerte fuera parte de la creación, pero ésta entró en el mundo por la desobediencia de Adán y Eva. Poco tiempo después, Caín mató a su hermano Abel cuando Dios prefirió su sacrificio al de Caín, que era menos generoso. Este fue el primer episodio de violencia en la historia de la humanidad.

Entre el 2000 y el 2008, eruditos se reunieron en Viena, Austria, con motivo de la Mesa Redonda Internacional Cristiano – Musulmana. Durante estos diálogos, el profesorHeinrich Ott describió el fenómeno de la violencia religiosa a manera de una ecuación. Esta es una versión parafraseada de lo que dijo: “Cuando amas a tu prójimo, amas a Dios. Cuando odias a tu prójimo, terminas odiando a Dios”. Cuando uno medita en estos dos grandes mandamientos, puede ver la verdad de esta conclusión.

Los frutos de la violencia cometida en nombre de la religión llenan las noticias. Escuchamos casi a diario acerca de familias que han sido separadas y personas que han perdido la vida. Uno solo tiene que ver los ataques del 11 de Septiembre, y las atrocidades que se están cometiendo actualmente por el Estado Islámico, o por Boko Haram u otros, para ver que este mal permanece aún con nosotros.

El fruto del odio de personas hacia sus semejantes termina siendo odio a Dios. Su religión se vuelve retorcida y distorsionada por el odio hacia su prójimo. Estos dos amores están entrelazados; uno no puede amar a Dios y odiar al hombre, que ha sido creado a su imagen y semejanza. Ninguna religión verdadera permite esta combinación.

Los frutos del amor hacia nuestros semejantes resaltan en brutal contraste frente a los podridos frutos del odio.

Este lunes y martes pasados, la Iglesia celebró las fiestas de la Natividad de la Virgen María y San Pedro Claver S.J., respectivamente. Estos dos santos, de los cuales María es ciertamente la más grande, amaron a sus semejantes y por lo tanto amaron a Dios.

Cuando nuestra Santa Madre experimentó la persecución de Herodes, cuando escuchó que su hijo estaba siendo ridiculizado por los Escribas y Fariseos, o cuando fue testigo de la cruel ejecución de Jesús, ella pudo odiar a sus semejantes. Pero María escogió amarlos, y al hacerlo estaba amando a Dios.

Los frutos de su santa vida y muerte son incomparables. La historia está llena de innumerables casos de almas que se han reencontrado con Dios, milagros que han sido obtenidos y desastres que han sido evitados gracias a la intercesión de María.

San Pedro Claver también fue confrontado con la crueldad del hombre hacia su prójimo, en la forma de la trata de esclavos. Él vivió a inicios de 1600 y dedicó su vida al servicio de cientos de miles de esclavos traídos desde el África hacia la ciudad pobre de Cartagena, Colombia.

Cada vez que un barco llegaba, el santo Jesuita mendigaba por comida para los prisioneros y luego entraba a las bodegas a llevar lo que tenía a aquellos en necesidad. También llevaba sus habilidades de médico y maestro con él, las que usaba para confortar cuerpos y almas. Luego de alimentar a los esclavos, San Pedro ofrecía una breve catequesis y bautizaba a cuantos podía. En su canonización en 1888, se estimó que por lo menos bautizó a 300 mil esclavos.

San Pedro Claver amó a su prójimo, y al hacerlo amó a Dios. Al ser enfrentado con condiciones inhumanas y con un cruel tratamiento a los esclavos, respondió con amor.

Caer en el odio es fácil, pero lo que el odio ocasiona a nuestros corazones es desastroso. El odio alimenta la distorsión de la religión y la tuerce hacia la violencia, como vimos un 11 de Septiembre. Pidamos a Dios que derrame su amor sobre nosotros y nos de la gracia para resistir al odio con amor hacia nuestros semejantes. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a seguir el mandamiento que nos dejó Jesús: “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores”, (Mateo 5, 44). Finalmente, pidamos por la gracia de amar como Dios ama, que el Padre en su amor acreciente la virtud de la caridad en nuestros corazones.

Al recordar a los que murieron el 11 de setiembre, recordemos también que la muerte y resurrección de Jesús hacen posible el triunfo sobre la muerte, hacen posible el triunfo sobre el odio. Confiemos en Él para que logremos el milagro de tener corazones como el suyo.