País y Mundo

Denver celebró junto con toda la Iglesia a los dos gigantes del siglo XX

Parroquia Our Lady of Guadalupe y St. Joseph Polish, se unieron en oración y fiesta

Foto de Todd WollamFieles caminan en procesión desde Our Lady of Guadalupe hacia St. Joseph Polish, para celebrar a los nuevos santos y la Divina Misericordia.

abril 29, 2014

La gran fiesta de la canonización de San Juan XXIII y San Juan Pablo II no sólo se vivió intensamente en Roma, a donde llegaron fieles del mundo entero, sino que Denver también vivió la fiesta a lo grande.

En distintos lugares, comunidades, parroquias, movimientos eclesiales, institutos, entre otros, los fieles de Colorado del Norte, festejaron con vigilias, rosarios, pláticas y exposiciones fotográficas,  a estos dos gigantes del siglo XX, que fueron elevados a los altares por el Papa Francisco.

Una de las celebraciones acá en Colorado, destacó por ser trilingüe (inglés, español y polaco). Fue la Misa celebrada en la Parroquia St. Joseph Polish, el mismo domingo 27 de abril, en honor a los nuevos santos y a la fiesta de la Divina Misericordia.

Esta Misa fue precedida por una procesión, que el mismo día partió de la parroquia Our Lady of Guadalupe y llegó a St. Joseph Polish, donde fieles, vestidos con trajes típicos de Polonia los recibieron para unirse a la celebración Eucarística.

Gloria Ramírez, se levantó de madrugada para ver la canonización por televisión, y luego partió hacia la parroquia Our Lady of Guadalupe. “Me desvelé, pero valió la pena, fue una gran alegría ver a estos dos santos elevados a los altares”, señaló Gloria. “Juan XXIII me abrió las puertas de la Iglesia y a Juan Pablo II lo conocí acá cuando visitó Denver, estuve cerquita a él. ¡Tener un santo en el cielo al que conocí en persona acá en la tierra es una dicha que no se explica!, agregó.

José Saucedo pidió permiso en su trabajo para participar en la procesión y la Misa. “¡Cómo no iba a venir! Juan Pablo II ha sido muy importante para mí. Él nos dejó mucha esperanza y trabajó por la unión del mundo; él quiso que los hijos de Dios nos viéramos como tales, nos ha dejado un gran legado”, dijo José.

La Misa fue presidida por Mons. Bernard Schmitz, Vicario para el Clero y concelebrada por el P. Benito Hernández y el P. Marek Ciesla, párrocos de Our Lady of Guadalupe y St. Joseph Polish, consecutivamente.

En su homilía, Mons. Schmitz, haciendo referencia al Evangelio, señaló que Jesús se aparece en medio de sus discípulos mostrándoles sus llagas y ofreciéndoles paz. “¿Cómo es que al ofrecerles paz, Jesús incluye también sus heridas, que reflejan lo terrible de la violencia de la cruz?”, preguntó el sacerdote. Y luego añadió que la verdadera paz se logra mediante la aceptación del sufrimiento. “San Juan XXIII sabía esto y lo vivió al ayudar a refugiados judíos en la II Guerra Mundial. Él conoció el sufrimiento y sin embargo fue conocido como el Papa alegre”, dijo Mons. Schmitz. “Y San Juan Pablo II también conoció esta realidad…pero comprendió quién era el Señor de su vida y en medio de tan terribles sufrimientos vivió en paz”.

Al finalizar la Misa, los fieles rezaron la coronilla a la Divina Misericordia en los 3 idiomas frente al Santísimo expuesto, y finalmente veneraron las reliquias de San Juan Pablo II y Sor Faustina Kowalska.

Fiesta sin precedentes

Todo esto se dio pocas horas después de la histórica ceremonia y sin precedentes en la Iglesia Católica, que el Papa Francisco celebró para declarar santos a San Juan XXIII y a San Juan Pablo II. La canonización se llevó a cabo durante una Misa concelebrada por más de mil pastores entre cardenales, obispos y sacerdotes, incluyendo al Pontífice Emérito Benedicto XVI.

Como sabemos, la ceremonia se  inició a las 10 de la mañana del domingo 27 de abril, Fiesta de la Divina Misericordia, en una Plaza decorada por miles de flores coloridas, 40 mil de ellas, en su mayoría rosas, donadas por el Ecuador.

Al iniciar el procesional de entrada de la Misa Solemne, con el Papa Francisco al final, los miles de peregrinos, liderados por el coro de la Capilla Sixtina, entonaron las letanías invocando a todos los santos. Acto seguido, el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, preguntó por tres veces al Papa si procedía a la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II. Fue entonces cuando el Papa pronunció la fórmula de canonización y la Plaza San Pedro estalló en aplausos y gozo.

Después llegó el momento de la presentación de las reliquias: Floribeth Mora, la mujer costarricense por la que se atribuyó el segundo milagro a San Juan Pablo II y cuatro sobrinos nietos de San Juan XXIII, subieron al altar con los relicarios con la sangre de Karol Wojtyla y un pedazo de piel de Angelo Giuseppe Roncalli.

Nuevamente la gente prorrumpió en aplausos para continuar con el canto del Gloria y seguir la celebración Eucarística.

No temieron el sufrimiento

“San Juan XXIII y San Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado”, dijo el Papa Francisco en su homilía, en referencia al Evangelio del día. “No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano, porque en cada persona que sufría veían a Jesús”. Ellos, enfatizó el Papa “fueron dos hombres valerosos, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia”.

El Papa recordó además, que ambos santos “fueron sacerdotes, obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte…fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte la cercanía materna de María”.

Sintió la presencia del santo

Se trató de un bendecido e histórico domingo de la Misericordia, como dijo el Arzobispo Samuel J. Aquila, porque fue el día en que se elevaron a los altares a “dos hombres que cambiaron profundamente las vidas de muchos y también cambiaron el curso de la historia”

“Cuando llegué a Roma para la canonización, el aire vibraba con la electricidad de la gente de todo el mundo, reunida para la celebración”, dijo el Arzobispo en su columna en El Pueblo Católico. “Me encontré con un grupo de Bérgamo, el lugar natal de San Juan XXIII y con muchos peregrinos polacos. El domingo me sorprendí al saber que iba a concelebrar la Misa de canonización. Fue una verdadera bendición y pude sentir la cercanía de San Juan Pablo II mientras celebraba la Eucaristía”, agregó.

Y es que Mons. Aquila tiene una conexión muy grande con Juan Pablo II. “Para mí y para muchos sacerdotes, religiosos y laicos, él fue un padre espiritual que me atrajo al abrazo del Padre, me acercó más al Hijo y me ayudó a conocer el amor del Espíritu Santo. En las oportunidades que tuve de reunirme con él, era evidente que se trataba de un verdadero discípulo de Jesucristo, lleno del amor de Cristo y de compasión. Y en los años de su ocaso, enseñó al mundo cómo asumir la enfermedad y la muerte como un cristiano”.

4 Papas

Así pues, la Iglesia Católica en pleno, gozó a lo grande de aquel 27 de abril. Y no es para menos, pues como dijo el Arzobispo de La Habana, Cardenal Jaime Ortega, quien estuvo en la canonización en Roma: “Tuvimos dos Papas arriba y otros dos abajo”.