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Carmen Hernández: Una apóstol de las periferias

Falleció el pasado 19 de julio una de las iniciadoras del Camino Neocatecumenal

Foto Camino Neocatecumenal

julio 21, 2016

Carmen Hernández ya se encuentra cerca de su gran amor, Jesucristo, por quien ha dado su vida.

Ella fue una de las iniciadoras del Camino Neocatecumenal. Murió en Madrid a los 85 años, después de una enfermedad que la había obligado a estar en reposo durante un año y medio.

Nunca paró de evangelizar. Carmen, junto a Kiko Arguello y el Padre Mario Pezzi, formaban el Equipo Responsable Internacional del Camino Neocatecumenal, que había dado la vuelta al mundo para anunciar el kerygma, que es la Buena Noticia, empezando por las periferias de Madrid donde Carmen y Kiko se trasladaron a finales de los años 70.

 

Su vida

Nació en Ólvega (Soria) en 1936. De muy pequeña se trasladó con su familia a Tudela (Navarra) donde pasó la mayor parte de su infancia y juventud. Carmen asistió a una escuela jesuita, allí recibió el espíritu misionero, una huella que la caracterizó toda su vida. Sin embargo, por deseo de su padre, comenzó los estudios de química en la Universidad de Madrid y, después de la licenciatura y trabajó por un período en la industria de la familia. Pero pronto dejó esto para encontrar su vocación misionera. Con 15 años, Carmen expresó su deseo de ir a la India, lo que creó no pocos inconvenientes en su familia. El propósito se concretó algunos años más tarde. Cuando era mayor de edad se retiró durante ocho años en el Instituto Misioneras de Cristo Jesús en Barcelona.

Carmen se encontró con estudiosos como Mons. Pedro Farnés Scherer, profesor del Instituto Litúrgico de París, quien supo orientarla mediante una profunda renovación conciliar, un redescubrimiento de la Eucaristía, la centralidad de Pascua, la importancia de la catequesis y la necesidad de una iniciación cristiana en las parroquias.  Ella tuvo que ir a las raíces del cristianismo. En muchas ocasiones esto significaba volver al pueblo judío. Por ello pasó dos años en Israel, con la Escritura en la mano y en profunda oración.

Con ese bagaje, regresó a Madrid.  Eran los años 60 y mientras los jóvenes de su edad soñaban con la revolución, en ella ardía el espíritu por evangelizar. En esa época estudiaba teología e intensificaba su compromiso religioso pero decidió permanecer en el estado laical. Para mantenerse económicamente trabajaba en una fábrica en el área de limpieza.

En esos mismos años, cuando en la Iglesia soplaba el Espíritu del Concilio Vaticano II, a través de su hermana Pilar, que en aquel entonces servía como voluntaria en una asociación de rehabilitación de prostitutas, Carmen conoció en el barrio de Palomeras Altas de Madrid a Kiko Argüello. Él era un hombre joven, de buena familia, pintor, que renunció a una buena carrera y quiso tener una experiencia de Jesucristo en medio de los pobres, pues es allí donde Cristo vive. Carmen, que también estaba buscando una experiencia más auténtica de la vida cristiana, se fue a vivir a una casa cerca de la de Kiko en el suburbio de Palomeras Altas.

Y fue aquí donde se fascinó viviendo entre estos pobres, gitanos, ex prostitutas, personas con discapacidad, pues se estaba formando una comunidad cristiana, tan radical, tan simple y sincera, tan pobre y que a su vez evangelizaba. Aquí la evangelización deja de ser solo un plan pastoral para ser puesto en práctica. En diálogo con esos pobres fue naciendo poco a poco una nueva síntesis teológico-catequética que no solo afecta a la vida de la gente, sino que la transforma poco a poco: se puede ver en medio de estas personas, destruidas por su historia, por sus pecados y por las adversidades, la comunión, el perdón, el amor, la unión, llevando así a la conversión que los invitaba a volver al Padre y a la Iglesia.

Al momento de dar una catequesis Carmen era simple y profunda, con un gran amor al Papa, al depósito de la fe que reguarda la Iglesia y sobre todo un gran amor a Jesuscristo. Carmen estaba convencida de que el anuncio del amor de Dios a todos los hombres tenía la fuerza de cambiar las vidas de las personas, de darles una nueva sustancia, y de hacer en ellos una nueva creación.  Gracias a un conjunto de catequesis que a través de estos años han acercado a millones de personas a la Iglesia, ha surgido una nueva realidad eclesial, una iniciación cristiana llamada Camino Neocatecumenal, el cual, San Juan Pablo II destacaba como una realidad fruto de la renovación del Concilio, válida para las sociedades y tiempos de hoy.

En 2015 la Catholic University of America (CUA) confirió a Carmen Hérnández el doctorado Honoris Causa en Teología. La distinción subraya su “contribución fundamental a la formación de la síntesis teológico-catequética del Camino: sin su conocimiento existencial y profundo de la Escritura, de la renovación del Concilio Vaticano II y de la historia de la Iglesia, no se habría podido crear este itinerario de iniciación cristiana”.

Una de sus principales herencias espirituales que deja Carmen es el amor hacia la Vigilia Pascual: “Ella ha estudiado toda la reforma litúrgica del Concilio y ha dado este conocimiento al Camino”, dijo en una ocasión Kiko Argüello, quien también recuerda a Carmen como alguien que siempre defendió el rol de la mujer en la Iglesia y en la sociedad. Ella invitaba a las mujeres a seguir la vocación religiosa, a entrar a los monasterios de clausura. Hoy ya son más de 4 mil jóvenes del Camino que han seguido esta inspiración.

“Carmen, ¡qué enorme ayuda para el Camino”, dijo Kiko Argüello al comunicar su muerte. “¡Qué mujer fuerte!… Nunca he conocido a nadie como ella. Espero morir pronto y reunirme con ella”.

*El Padre Fedele es el responsable del Camino Neocatecumenal en Colorado.